Misioneros del Espíritu Santo, Provincia Félix de Jesús Guadalajara, Jal. |
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Félix
de Jesús Rougier |
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| Semblanza humana y espiritual Acercarse a la figura del P. Félix Rougier es encontrarse con una personalidad rica y polifacética, tan atractiva como vertiginosa. El P. Félix impresiona, como diría uno de los censores romanos de sus escritos, "no por una cualidad extraordinaria en la cual hubiera sobresalido, sino por un conjunto de cualidades naturales y sobrenaturales que rara vez se encuentran reunidas en un solo hombre". Félix de Jesús, hombre de Dios y servidor de sus hermanos, que se dejó llevar por el Viento del Espíritu. Lleno de ese fuego que Jesús trajo a la tierra, parece que Félix de Jesús lo quiere todo. Su corazón es un caudal de anhelos y sueños, rebosante de utopía y esperanza. Da la sensación de una avidez impresionante: quiso vivir con amor apasionado todas las devociones, solucionar todos los problemas, responder a todos los gritos y clamores de su época, llenar todos los vacíos, darse a Dios sin medida alguna, amar a todos los hombres. Con obediencia perfecta y ternura entrañable amó al Padre Dios; siguió a Jesús y vivió unido a él hasta un amor de cruz; se dejó llevar dócilmente por el Espíritu y fue apóstol incansable para darlo a conocer; con indecible confianza y con un amor "apasionado, sólido y entusiasta" se cobijó a la sombra de la Virgen María; admiró la figura silenciosa, obediente y recia de San José; sintió la compañía misteriosa de su Angel de la Guarda; fue amigo de muchos santos, los seguidores incondicionales de Jesús. Nadie le fue indiferente, ninguno lo sintió lejano. "Todo de Dios"… "Todo de sus hermanos"… Recorrió muchos caminos, todos con intensidad: joven de honda inquietud misionera, novicio fervoroso y penitente, enfermo de artritis en su mano derecha por varios años y la gracia de su curación por intervención de Don Bosco, profesor de Sagrada Escritura, religioso observante y buen hermano ("el más marista de los maristas", se decía en la Sociedad de María), sacerdote solícito en favor de sus hermanos, lleno de celo por las cosas de Dios ("cuando sé que algo es de Dios, me gusta hacerlo pronto"; "a mí no me cansa jamás oír hablar de Dios"), hombre de obediencia heroica, sufrida y silenciosa en la que se acrisolaron las virtudes del P. Félix, y se forjó el santo y el apóstol. Hombre profético, de visión penetrante y de oído atento, de esos que se saben orientar por los signos de Dios en medio de tiempos recios. En el contexto social de la primera guerra mundial, de dos revoluciones vividas de cerca (Colombia y México), padeciendo en carne propia la persecución religiosa, testigo de una nación en agonía, tocando el dolor del hombre y las consecuencias desastrosas del pecado… se dejó llevar por el Viento de Dios, supo vivir en unión íntima con Dios, amado por encima de todo y a costa de todo, exploró los caminos de la ascesis y la experiencia mística. La espiritualidad del P. Félix se podría sintetizar en estas pocas palabras: "Mi método de vida espiritual: vivir cada hora bajo la mirada amorosa del Padre, en unión con el amado Verbo Encarnado, Cristo Jesús, bajo la acción del Espíritu Santo y a imitación de María Santísima, Madre de Dios y nuestra". ¡Todo un programa! Tan sencillo y tan exigente. Como la santidad. Solía repetir con fuerza lapidaria: "Dios, Dios, Dios"…; "Jesús, Jesús, Jesús"… Y recomendaba con vehemencia la unión con él: "la unión, la unión, la unión"… Decía que ahí está el secreto de la santidad, el todo de nuestra pobre y preciosísima vida. De esa intensa unión que vivía con Dios, brotaba su actividad apostólica, igualmente intensa y asombrosa. Dios se adueñó de su corazón y lo colmó de un ansia insaciable del bien y la salvación de todos. Con la creatividad y la audacia que distingue a los hombres de Dios, se puso todo él en juego, empeñó todos sus talentos y dotes de organizador y apóstol: fundó colegios, trabajó para crear hospitales, organizó asociaciones en favor de los pobres, investigó las Sagradas Escrituras, ayudó a muchas congregaciones religiosas a renovarse, fue consultado por los Obispos de su tiempo, trabajó por la formación de los futuros sacerdotes, fundó cuatro congregaciones para responder a las necesidades de su tiempo, fue director espiritual de incontables personas, desarrolló una intensa actividad epistolar, creó revistas, originó una imprenta, escribió libros, instituyó una agrupación por la conversión de los judíos. Y podríamos continuar… Uno se pregunta cómo le alcanzaba el tiempo para tantas cosas Alguien pensaría que el P. Félix habrá sido uno de esos típicos hombres que "no tienen tiempo para nada", tan sumergidos están en el activismo. No, quienes lo conocieron (todavía viven unos cuantos hoy, a inicios del 2002) atestiguan cómo se preocupaba por cada uno, nadie se sentía anónimo ante él, conocía a cada uno por su nombre, se interesaba por su familia, por su salud, por su estado de ánimo, por su vocación, por su vida espiritual… Sus numerosísimas cartas están llenas de detalles y pormenores personales donde se ve cómo cada uno era especial y singular para él. Asomarse a la vida y obra del P. Félix produce una sensación de vértigo. Es como un río de fuerte caudal, que va dejando vida por donde pasa. Hombre de contrastes, posee un "conjunto de cualidades naturales y sobrenaturales que rara vez se encuentran reunidas en un solo hombre". Sólo el Espíritu pudo armonizar en él las fuerzas contrarias: un temperamento fuerte y recio, de carácter intransigente, unido a una ternura conmovedora; una contemplación e interioridad intensas combinadas con un despliegue impresionante de actividades, obras, organizaciones, fundaciones; un temple irascible fusionado a una voluntad obediente a toda prueba; una capacidad enorme de "sueños" y al mismo tiempo realizador, emprendedor; enamorado y atrapado por Dios, y con los pies en la tierra, prodigándose en obras en favor de los hombres… ¿En dónde está el secreto por el que el P. Félix pudo integrar y armonizar todo esto y de donde procede toda su fecundidad espiritual? Sin lugar a dudas, del único principio del que viene toda vida y toda armonía unificadora: de Dios…Dios…Dios… del que Félix de Jesús estuvo enamorado y experimentó y vivió como Padre… Hijo… y Espíritu Santo…
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