Misioneros del Espíritu Santo, Provincia Félix de Jesús Guadalajara, Jal. |
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Concepción
Cabrera de Armida |
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¿Quién es un místico? ¿Qué papel juega en la sociedad? Si no existieran los santos y los profetas, ¿Nos harían falta? el Espíritu Santo es Espíritu de santificación, es él quien nos va conduciendo a la Verdad completa. El místico, el santo, el profeta, son expresiones sensibles de nuestra nostalgia de lo eterno, son los que van dando respuesta a las grandes interrogantes de nuestro corazón. El místico es el hombre que tiene que ver con el misterio de Dios, pero a la manera de experiencia. El místico se coloca no en la historia, sino en el Dios de la historia. Es aquel que le va dando sentido a los claroscuros del acontecer humano. El místico se mantiene en la frontera entre lo eterno y lo temporal, entre el hombre y Dios, es el que fácilmente se establece en el silencio donde el amor presentido se experimenta como amor amado y poseído. Ha de aprender a ir de lo hermoso a la Hermosura, de lo bueno a la Bondad, de lo verdadero a la Verdad y extasiarse en el Amor. Se le pide ir trascendiendo toda forma mediadora de manera radical por el ir muriendo a todo lo que tan solo es anuncio de Aquel que lo ha cautivado y seducido. Concepción
Cabrera de Armida, mística y profeta de Conchita, mujer de nuestro tiempo, mística y profeta del amor crucificado-glorificado. Ella llegó a ser, en su cuerpo y en su alma, el escenario donde el drama tuvo lugar, ella misma Cruz de Jesús y gloria de Jesús. Llamada a la contemplación por el ejercicio de la mutua mirada . El Padre la mira y la elige para ser morada de su Hijo, gracia de la encarnación mística. Es la Trinidad la que la envuelve en esa mirada. El amor en Dios es ese movimiento amor del que nos habla Jesús que consiste en estar uno en el otro para ser uno el otro. Es en ese dinamismo amor en que podemos decir que el Padre y el Hijo se están mirando, es en esa mutua mirada donde ella es introducida. Esta mirada la seduce, la enamora, la esponsaliza y la hace madre. En su oración le dice Jesús: "Quiero que seas la imagen viva de tu Esposo Crucificado; que los que te busquen a ti me encuentren a Mí: que los que busquen a Concha encuentren a Jesús: a todas horas, en todas partes, y sean quienes fueren; se acabó Concha y en su lugar está Jesús. ¡Cómo quisiera verte así!, con ansia lo deseo,... quiero que en ti descanse la mirada de mi Padre". "Desde que oíste aquella voz en tu alma que te decía cuando acabaste de comulgar, 'Te mira el Padre', ya te he dicho que desde aquel instante germinó Jesús en tu corazón con la fecundidad del Padre encerrada en esa mirada. Para que Dios actúe en Conchita este mutuo nacimiento, le regala la pureza y la cruz. La pureza como ejercicio de transparencia para ser sensible tanto a lo humano como a lo divino, la cruz como consecuencia del "pasar" el Verbo en ella como el "pasar" de ella en el Verbo. La gracia del mutuo nacimiento consiste en estar entrañablemente uno en otro por el conocimiento amor. Este pasar el Verbo en ella la está continuamente purificando, la está traspasando, la está haciendo madre. Este estar pasando ella en Él, la conduce a otra clase de cruz que se origina por el hecho de ir siendo como una niña en el Corazón de Dios. En su Cuenta de conciencia le habla Jesús: "Mira,
hija, para resucitar en Mí, se necesita primero, nacer en Mí.
Se nace en Mí por el bautismo, y se renace en los otros sacramentos.
Pero este nacimiento tuyo en Mí del que te hablé ayer,
es un nacimiento místico, una gracia mística pero real,
de amor, de predilección, y de muchas gracias para el alma. Purifícate
para nacer en Mí… y sentirás los efectos de esta
nueva clase de unión Conmigo". "Señor, pero
¿cómo nazco en Ti, tan vieja, tan fea, tan mala?". "En Mí, me dijo, se puede nacer de cualquiera edad, pero advierte que siempre el alma que nazca en Mí deber ser niña; es decir, debe tener las cualidades de un niño, sin voluntad propia, ni arrogancia, ni soberbia, siendo feliz en recibirlo todo de arriba o de abajo, en conformarse con todo ciegamente, con el candor, la sencillez, y la transparencia del alma de los niños. Así se nace en Mí, adaptándose sin resistencia a cualquier forma o transformación. Para esta gracia la ha elegido, gracia que podríamos llamar de mutuo traspasamiento que se va viviendo en el ejercicio de la mutua mirada. Cuando el Padre la mira la traspasa y deposita en ella al Hijo de sus complacencias y esto por obra del Amor, Espíritu Santo. Cuando ella mira a su Padre mendiga ser recibida como una hija en su Seno, para esto tiene que aprender a traspasar los lugares donde su Dios está escondido, el lugar primordial donde se encuentra el Padre es en Jesucristo: "Quien me ve, ve al Padre". "El Padre está en mí y yo estoy en el Padre" Resumir en unas cuantas frases la experiencia de Conchita se corre el riesgo de desfigurar la forma y figura de la que vivió en vida el misterio de la transfiguración por ese ejercicio cotidiano de estar pasando de la cruz a la gloria. Fue la mujer elegida para vivir los gozos indecibles del amor crucificado, experimentó la luminosidad a partir de las oscuridades del dolor: "Me abandono al Dios que me abandona" se le escucho decir. El gozo que nadie le pudo arrebatar fue él saberse abandonada del mismo amor que la enamoró, que la esponsalizo y que necesariamente la tenía que abandonar como condición para llevársela definitivamente consigo. Así es el amor, enamora y desprende de todo. Seduce y nos va dejando en la insatisfacción mas radical, nos une con sello indeleble y a partir de esta unión toda relación de amor llega a ser solo anuncio. Tal
vez el resumen de su vida es el ICONO de la misma Cruz del Apostolado.
En esa cruz se narra el itinerario de su vida. Ella frontera entre una
Luz y otra Luz. La luz que se manifiesta más allá de su
mirada y que le anuncia y le pronuncia el amor trinitario. Y más
acá, en el interior de sí misma, en la hondura más
honda de su alma, esa otra luz que es el Dios suyo y todo para sí,
que quiere saberse muy amado, que mendiga ser abrazado por ella.. Nacimiento
de ella en Él, porque se va dejando atraer del amor, se va dejando
poseer hasta terminar siendo abrazada en el mismo corazón del
Padre. Nacimiento de Él en ella por esa atracción que
experimenta su amado al verla tan colmada de ternura, tan pequeña
y tan pobre, cargada de humanidad, clamando la salvación de todos: Pobrezas extremas tanto en el ser recibida como en el recibir, abandonos totales a tal grado que se experimenta al final de su vida como una extraña para su amado. Es el precio del amor que llega a poseer a los amantes despojándolos de todo, para que finalmente quede solo el Amor amado. Consideramos que su gran misión es la de enseñar lo que ha recibido. Por otra parte su misión en el mundo es despertar en el hombre su vocación de sacerdote y víctima como participación del misterio de Cristo Sacerdote y Víctima. Conchita es una mujer suscitada por Dios hoy, para recordarle al hombre el sentido de su vida y de su muerte. Para todo hombre la vida y la muerte no dejarán de ser un cuestionamiento y el mismo sufrimiento seguirá siendo motivo de escándalo. En todo hombre, de forma implícita o explícita se van dando estas interrogantes que muchas veces lo sumergen en la angustia, en el sin sentido de la propia vida. El sufrimiento del hombre moderno es más íntimo y creemos que es causado por una pérdida de identidad que a su vez proviene de su inestable o casi nula relación con la trascendencia divina. Se da sí, una relación con el Dios que se manifiesta desde fuera, el Dios en quien vivimos. Se va admirando la hermosura que lo rodea y va balbuciendo su profesión de fe, pero el Dios que define al hombre y le otorga seguridades es el Dios que ha hecho de nosotros su Templo, el Dios que se va dejando presentir dentro del alma para encontrar allí su gozo y su descanso. Resumiendo: Concepción Cabrera de Armida es esa mujer que definió su vida por el amor a Cristo crucificado, sacerdote y víctima. En ella descubrimos dos misiones, una al interior de sí misma donde Cristo se dejó recibir por obra del Espíritu Santo como la Palabra, como un hijo en su corazón. De allí su vocación de madre espiritual de los sacerdotes y de maestra espiritual. La otra misión es recordarle al hombre su carácter sacerdotal. Que ha de ir haciendo de su vida un culto espiritual, agradable al Padre. Que todo sufrimiento y toda forma de muerte es padecimiento de Cristo y que no hay muerte que no le pertenezca a Cristo. Que es esencial al hombre unir su propio pasar al pasar de Cristo. Dios la suscita en la Iglesia para hacerla instrumento de Su amor al hombre con un amor compasivo, amor que ya no es tanto de ella sino de Cristo que desde ella quiere seguir padeciendo y muriendo a favor del hombre y finalmente, desde ella quiere seguir llevándose al hombre consigo al Seno del Padre. Muchas facetas de esta gran mística mexicana las hemos dejado de lado como es su vida de esposa, madre, su vocación de inspiradora de las Obras de la Cruz. Sólo nos hemos referido a su vocación de mística y a su misión.
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